
La Navidad es una época tradicionalmente asociada a felicidad, alegría, paz, amor,… y generalmente la disfruto porque se da la oportunidad de ver a los amigos, compartir con la familia, recibir regalitos y comer cosas sabrosas. Sin embargo, hay ciertas cosas que no soporto:
- La comedera indiscriminada de hallacas: apenas llega noviembre, la gente comienza con una obsesión enfermiza por “probar la primera hallaca del año”, cosa que per se no tiene nada malo. El problema comienza cuando hay que comer esa primera hallaca (y las subsiguientes) a como dé lugar, sin importar quién las hace ni en qué condiciones higiénicas. No sólo eso, hay casas donde se hacen 500 hallacas para 4 integrantes del núcleo familiar y las comen de desayuno, almuerzo y cena durante mes y medio. Si las comes todos los días, ¿qué tiene de especial la cena de Navidad? Y, para completar, a cada casa que vayas, sin importar qué hora sea, te van a servir sus hallacas homemade, algunas sabrosas, otras horribles, y no te queda más remedio que comerlas, a riesgo de parecer maleducado o anoréxico.
- La obligación de hacer amigo secreto en la oficina: Yo me llevo bien con mis compañeros de trabajo, en realidad los adoro; pero no todo el mundo quiere jugar amigo secreto, a riesgo de que le toque alguien que le cae mal, que le regalen cosas horribles o, simplemente, porque no tiene plata para cubrir ese gasto o no le causa gracia el jueguito. Eso es respetable, cada quien debería ser libre para eligir si quiere o no jugar… y en teoría lo es. Eso, hasta que comienzan los comentarios tipo “pero éste si es asocial”, y comienzan las conspiraciones eliminando al individuo hasta de los almuerzos y de las conversaciones sobre la fiesta navideña porque “si no participa en el amigo secreto, ¿para qué va a ir?”.
- La teoría de que durante todo diciembre debemos ser absolutamente felices las 24 horas del día todos los días: Si bien es una época alegre, hay gente para la que es triste… recuerdan familiares ausentes, sienten nostalgia por otras navidades, quizás no tengan toda la plata para celebrar como quisieran, en fin, mil y un razones para sentirse tristes, cosa que es un derecho humano. La navidad pasada tuve varios días muy tristes, y la gente en vez de callarse la boca y entender, me decían idioteces tipo: “pero te deprimes en enero, ahora tienes que estar alegre” … ¿Cómo que tengo que estar alegre? si me da la gana de llorar, por la razón que sea, lloro y me quedo en mi casa y punto.
- La teoría de que no se puede protestar por razones políticas porque “es Navidad”: Me chocan los políticos de lado y lado que, en el ejemplo de la oposición que no protesta contra la reforma porque “es Navidad, vamos a dejarlo pa enero”. Es decir, que un individuo se eternice en el poder no importa porque es fundamental comerte 1300 hallacas, tomar caña como un cosaco, inscibirte en el gimnasio el 6 de enero, dejar el gimasio el 15… y ya como pal 20 comenzamos de nuevo a protestar. Cualquier cosa, menos dejar a un lado ni el más mínimo eslabón del ritual navideño.
- La creencia de que los regalos son lo más importante: Durante el paro, muchas familias hicieron lo imposible para conseguirle sus regalos a los niños, diciendo que sin eso “no habría Navidad”. A mí, en lo particular, la Navidad del paro me ha parecido la más sincera y lo más cercano a lo debe ser esta festividad en mi opinión: sólo me dieron dos regalos, uno, una lata de Pepsi Cola, que después de un mes sin probarla me supo a gloria, y un libro; compartí con mis amigos y mi familia todos los días… ya que no había nada más que hacer nos íbamos a casa de alguno y jugábamos juegos de mesa, conversábamos, etc; tuvimos comida navideña, sin comilona indiscriminada y no ví a nadie borracho. Ojalá hubiera más paros cerca de estas fechas para recordar lo que es realmente importante.